lunes, 1 de diciembre de 2014

Relato corto - Ficción



La Muerte del Transeúnte
Por Handell Villamizar

     La noche te sorprende de camino a la estación de autobuses empuñando el asidero de un maletín pesado de ropas y libros. Te diriges al lugar que habitas sin deseos de alcanzar tal dirección: el 31 de la calle Mandalay, junto al newstand. No arribar a tu destino, eso sería todo. Adquirir el pasaje en la ocupada taquilla, abordar el reptante vehículo articulado, descargar el peso del maletín a un lado y desplomarse en el asiento; perder la mirada en la nada a la vez que se vacían los pensamientos en una bolsa de plástico que sellarás y abandonarás a un lado del camino. –Ah, solo imaginar qué sentirías!- Esta idea aun alivia la cansada espera en la no menos que espesa y serpeante fila de salida, criatura de incontables cabezas oscilando entre la puerta de abordaje y el tablero de rutas (más bien oráculo infame). Las conversaciones irán apiñándose con lamentos y miradas indignadas ante la espera burlesca. Al cabo de un   tiempo abordarás en enjambre turbulento y el vehículo se pondrá en marcha con su carga de pasajeros que tratará de encajar en el espacio cada vez más exiguo.
     Suspendido de un pasamanos metálico oyes la grabación con voz femenina que anuncia la siguiente estación. Avistarás una joven mujer que de su   asiento se aventura a la salida más próxima. El timbre punzante, las salidas obstruidas, el pasillo ultraocupado, y el vehículo maniobrando sobre curvas impredecibles entre marchantes espectrales, hacen de la evacuación una prueba de destreza felina, superada por nuestra dama eficazmente adaptada, ya vemos, al entorno del transporte público. Hábilmente te escurres por un intersticio dejado entre dos individuos y aseguras el lugar recalentado. Primero descargas el peso del maletín, lo retiras y al sentarte agradecerás estar tan ligero de peso. Te irrita esa voz y sus mensajes que pretenden condicionar la conducta de los usuarios: "Recuerde recargar su tarjeta X…" Piensas que era mejor la anterior voz, también de mujer, que solía anunciar las mismas estaciones y repetir los mismos mensajitos tontos. Adosado al asiento plástico disfrutarás el viaje, a pesar del tumulto que resulta más indeseable en un vagón que parece encogerse sin remedio. Esto sumado a la creciente escasez de aire fresco, renovado sólo parcialmente en cada intercambio de pasajeros. No hablaremos del sistema de ventilación que se anula en presencia de la masa exudante.
     Los muchos sonidos ventanillas adentro, los externos y los provenientes de las entrañas de la bestia rodante -que engulle y regurgita pasajeros de forma intermitente a lo largo de un circuito sin final- hacen pensar en dominios selváticos, donde las criaturas se manifiestan a un tiempo, y el conquistador moviliza caravanas exodiales con mercancías extirpadas sin fin de nichos exhaustos, y así mismo sus pobladores. Así mismo las potentes axilas, los racimos de miradas, las risas sin contexto; los contactos físicos más particulares que se dan sin advertir dónde inicia una nariz y dónde acaba un seno. Y no olvidemos los paquetes de mano y los dispositivos de bolsillo – alimañas electrónicas que parasitan a las gentes, como aseguran los más férreos luditas-. Tratas de vaciar la ciudad que se extiende al paso del autobús, como si vaciaras una vasija hecha de barro -como todas las vasijas del mundo, solo que más grande e hirviente de gentes. Ves como se derraman uno a uno, gota a gota. Ya sin seres distractores notas que el concreto es gris, el asfalto negro, ambos viejos y necesitados de intervención; el vehículo entero es azul, como el cielo, y ciertamente lo parece: es estrecho y penoso, como todo lo que lleva al paraíso. Tus zapatos son negros -bajo la capa dorada de polvo- tu maletín es a la vez gris e incómodo, como el recuerdo de la mujer que tal vez verás hoy.
     A través del cristal, una secuencia de imágenes se atropella ante los ojos: arbusto, mujer y niño, cercado verde, señal roja, terreno baldío, cúmulo de árboles, palmera, casa y auto parqueado, árbol, avisos de neón, puente peatonal, venta de minutos, tumulto de gentes, hombre en bicicleta, tienda de barrio, ventanas iluminadas, mujer con bastón, murciélagos al vuelo, muro plagado de avisos, cráteres en el pavimento, junta canina, basuras desperdigadas, edificio blanco, cesto de basura vandalizado, empleados de semáforo – próxima estación- fin de la secuencia. La velocidad cae, la inercia hala, el doble bip y las puertas gemelas se accionan. De nuevo descenderán, abordarán y maldecirán mientras se insertan en recodos cada vez más intrincados,  dignos de un contorsionista oriental. Se reanuda la marcha. Piensas que el ruso inventor del juego electrónico basado en almacenamiento de figuras concibió su bien vendida idea en circunstancias semejantes; quizá peores, todos sabemos que en el viejo continente se dan axilas portentosas que harían retroceder al olfato más audaz. Posas la mirada al frente y recuerdas a dónde te diriges, la bolsa estomacal se resiente y contraes el ceño en respuesta automática. El maletín gris sigue en su lugar. Sólo ahora notas que el vagón doble aloja más cuerpos compactados, en una proximidad que borra los límites de contactos permitidos entre viajeros anónimos: proximidad que empuja a un trance de impresiones sensoriales: presión, texturas, temperaturas, humedades, olores o hedores de carnes y sus contornos y movimientos y ruidos; las ropas restan como única ilusión de aislamiento en un encuentro asfixiante de viajeros. Tus manos permanecerán atenazadas al asidero frente a ti, en un intento quizá de transferir algo de ese malestar al plástico inerte. Enfocas la mirada en el parabrisas enorme, surcado de manchas de carretera, un poco más arriba el aviso rojo: ‘No hable con el conductor’.
     Un deseo de fuerza telúrica despertará para revolver tus entrañas, el impulso demanda no culminar el viaje, rehacer el circuito sin fin en el vehículo, momento en que no haces nada, no recorres esa noticia, no ponderas esos asuntos, no atiendes esas conversaciones. Sólo en un recorrido sin fin,   sin miradas que reconozcan, sin circunstancias que atenacen estarás en calma, envuelto en la quietud sepulcral de una pausa indefinida. Tumbas la mirada y ahí tus zapatos polvosos. La memoria de una mujer que se burlara de éstos un par de horas atrás  y un supuesto encuentro en suspenso emergen en súbita borrasca que anega la mente. Ya se ha interrumpido el flujo de aire a las dos esponjas que regulan el   tránsito del gas vital en tu interior. Los maxilares ejercen presión sobre los dientes, y las manos se aferran aún más al asidero plástico. Aquella voz odiosa se ha ensañado contra ti, sigue anunciando estaciones y no ceja en su empeño de condicionar a los usuarios: “Recuerde que las sillas azules… Recargue su tarjeta X… El descenso de pasajeros… ”
     Los jugos gástricos roen la bolsa estomacal. Hace mucho burlaron la seguridad de la densa película de baba que solía aislarlos del tejido blando. Piensas que no has ingerido nada en lo que va del día, salvo agua, un café tal vez. Notas que no logras recordar, quizás no quieras. Verte ahí, inmóvil, apura tus pensamientos que rebosan y vacían su contenido en una catarata ensordecedora de continuidad implacable: que se nota la guerra interna; que huestes malignas arrasan cada región; que la lucha reduce las salidas a un salto liberador que te desprenderá del engranaje al que fuiste incrustado sin tu aprobación; que la fuerza necesaria para saltar no logra alcanzarte; que el monstruo burocrático devora todo a su paso mientras se ajusta la corbata que lucirá ante el caos feliz en que vivimos como reses esquilmadas; o tantas cuentas sin pagar sobre el escritorio. Sin mencionar al huésped -instrumento siniestro- que hablará y mostrará a voluntad y sin contemplaciones a fin de apresarte bajo el imperio de realidades falseadas y repugnantes: la televisión.
      El asfalto sigue desenrollándose frente al vehículo, quieres asir ese momento, no separarte de esa nada que tranquiliza, ese tú sentado que vuelve a su anhelada fase de reposo; fracción de materia dispuesta de forma tan caprichosa que puede ejecutar las más odiosas tareas: hablar y respirar, comer y beber; defecar y miccionar, laborar, dormir y reproducirse; oír y ver sin alternativa lo que tu alcance espectral de luz y sonido permite; sudar en el asiento que te aloja. El maletín se ha desplazado unos palmos hacia delante. Ves que el desconocido junto a ti ha sido reemplazado por un ocupante que consulta su reloj con renovada insistencia. Ya no lo ves, ni su reloj, los demás se han ido con sus pertenencias, voces y olores y miradas. No hay conductor, ni manchas de carretera. El parabrisas y la voz enemiga se han diluido definitivamente en el silencio abrumador junto con el aviso: No hable con el conductor. La luz artificial, los pasamanos no existen más –próxima estación- abres los ojos, todo regresa.
     El doble bip percute sobre el enjambre de cabezas, las puertas se accionan -como las puertas de enero se abren para llevar siempre a los mismos lugares-, se libera un puñado de gentes. Serás devuelto -regurgitado- al tránsito odioso de tu realidad; arrojado de nuevo a las líneas de asfalto, el maletín suspendido del hombro izquierdo, cruzarás la cebra habilitada por el disco verde –con sombras estirándose en zancadas de varios metros- frente a vehículos alineados a ras de las franjas borrosas que debían ser de blanco sólido; sus adentros rugen y resoplan bajo la luz cobriza de las calles. La marcha de los peatones hacia la acera opuesta persiste por unos segundos. La brisa corre fría entre lluvia delicada que cae en la ciudad. Las hojas se precipitan de los árboles dando giros múltiples bajo la luz pobre que baña la acera. Detienes el paso en la esquina de Eggún Y Mardeplata. Consultas la hora en la valla electrónica: marchas al filo de las doce. Una mujer madura que camina más adelante penetra en su bolso y sin notarlo de instante, su billetera cae sobre el espeso prado que delinea la acera; da unos pasos más sobre la franja de concreto fracturado.          
     Entretanto, un hombre emergido de la esquina opuesta se abalanza sobre la avenida y hacia la billetera mientras la mujer advierte una embestida repentina y la hoja aguda de una navaja. Sin meditarlo, te hallarás precipitado en escena para jugar otro acto generado por la maquinaria. Así fue que, mientras una descarga de adrenalina recorría la espina y la bolsa estomacal se revolvía dentro de ti, elevaste el maletín a la altura de la cara del hombre impactando en efectivo derribo y aturdida frustración. La mujer ha corrido con su billetera hacia la caseta de vigilancia del parque Ágora de los Vientos tres bloques adelante. La hoja aún yace en el rico prado y como éste, se le ve toda perlada de cristalina lluvia. Correrás en busca de la calle Zanzíbar. Te precipitas al Paso Índico: la calle Agaléga, cruzas por la Seychelles, giras a la derecha en la Comoras y abandonas por el callejón de Menfis que desemboca en la escalinata de Gaudi. Resta alcanzar la avenida Tigres de Ceilán y cortar por la lúgubre calle Bhopal donde recobrarás el aliento y verás la angosta fachada.
Ya vienen sobre ti esa correspondencia que reposa en el escritorio, los mensajes que aguardan en la contestadora, la pantalla maldiciente y el pastillero bajo la almohada. La lluvia arrecia y logra bañarte por completo en los escasas cuadras que separan de tu nueva casa recién tomada en alquiler.
     Embebido en agua helada te despojarás del peso de tus ropas al cerrar la puerta, descargar el maletín y librar tus pies de aquellos zapatos y medias anegados en su tránsito por las calles torrentosas del viejo Pico del Fuego. Enciendes la bombilla amarillenta y marchas hacia la cocina para descubrir el almuerzo abandonado horas antes. Decides terminarlo ahora. Mientras enciendes la hornilla un repique telefónico interrumpirá tus intenciones de comer pasta recalentada. Deberás buscar el celular sin suerte inicial, tomar la toalla extendida sobre el respaldo del viejo sillón, y hacer lo posible para reducir el exceso de humedad que te envuelve. Cesará el repique, y antes de reanudar la búsqueda, llevarás la comida al fuego advirtiendo la avanzada invasión de hormigas que no son motivo de repulsión ni menos. Sin embargo liberas el exceso bajo el grifo del lavaplatos, y llevas la pasta al fuego en un cazo pequeño. Por costumbre sirves un vaso de agua, que al precipitarse por el tracto y hacia el estómago, logrará atizar las brasas en reposo de esa gastritis, compañía inseparable de tus días. El rostro ya está descompuesto en un gesto penoso y el tronco se ha doblado describiendo un arco tenso y trémulo, apenas contenido por ambas manos que tratan de apaciguar el ímpetu de las entrañas ardientes. Un segundo repique y el olor a pasta quemada te arrancarán del trance estomacal. Usas la toalla como atavío y vas tras la fuente del sonido apremiante. Llevarás el plato caliente mientras masticas mecánicamente, libre de todo placer gustativo. La deglución resulta odiosa pues los bocados caen como rocas angulosas. Encuentras el molesto aparato sobre la novela que has empezado hace poco, en la que Vargas Llosa recuenta el frenesí malhadado de la era del caucho en tierras señoreadas por la voracidad de hombres refinados en sus gustos y superiores en su capacidad de aniquilación. Presionas el botón verde:
-                 Hola papi.
-                 Bienonó. Qué hace.
-                 Aquí de rumba con unas amigas.
-                 Dónde anda
-                 En el norte. Será que puedo ir a su casa.
-                 Claro, en cuánto llegás.
-                 En un rato. Dóndesque vive.
-                 Pico del Fuego, 31 de la Mandalay.
-                 Biem. Le llevún regalito, oyó.
-                 Biem. La espero pues.

     Habrás tomado el último bocado al término de la llamada, descartarás volver a la novela y tras echar un vistazo a las existencias de licor te hundirás en el amplio sillón. Encenderás la TV, el plato y el cubierto abandonados a un lado del asiento. Una vez más, te entregas a las divagaciones que tienen lugar frente a la conexión cerebro-televisiva.

Instalado frente a la pantalla hipnótica, el mando desplace los canales, no en busca de un producto particular, sólo vaga por la vitrina de imágenes silenciadas por el mute, encadenando un ciclo de mensajes que taladran las mentes, tanto más efectivos cuanto más ovejuno sea el espectador. El pulgar opera el mando y la sucesión de imágenes se prolonga saltando entre noticiarios de sesgo abismal, refritos de telenovelas de amor idealizado en molde de cuentos de hadas , estadísticas direccionadas, encuestas desviadas, necesidad teatralizada de conflictos fronterizos, intimidación (orquestada) por escaladas violentas y sociópatas de puntería prolija, tratados comerciales verticales, promoción y apologías de políticos torcidos como espiroquetas, métodos de pérdida de peso, ejercitadores milagrosos, modificaciones corporales femeninas, ingesta de liberadores lipídicos, encubrimiento de faltas institucionales y excesos policiales, debates políticos libreteados, exhibición y venta de la figura femenina idealizada… Impacto por desastres ambientales generados por la ocupada industria, promoción de material bélico como herramienta de paz, discursos de paz, venta de paz, sexo y prelado, sexo y pastorado, sexo y políticos, sexo y cine, sexo y música, sexo y cigarrillos, sexo y telenovelas, sexo e ídolos infantiles, sexo y censura selectiva… impunidad y delitos de lesa sociedad con connivencia del estado. El pulgar recalentado aún sigue articulandose sobre el channel +… Entretenimiento, información, venta, instrucción -al servicio de quién-. Los ojos siguen recibiendo el input de la pantalla: cosmogonías alienígenas, comercio religioso, programación infantil de contenido no infantil, exhibición de conflictos familiares, seguimiento de homicidas dramatizado, estereotipos de macho dominante y mujer sumisa, estereotipos étnicos y raza dominante, humor sin fondo social, humor menos que barato, intrusión al entorno animal, élites culinarias y textiles, comerciales gringo-militares de hora y media o más…

     El tránsito visual entre cadenas es cortado de un tajo por el clin-clón de la puerta. Te desconectas, dejas el asiento y los juicios internos, y vas al encuentro de la seguramente alcoholizada y empapada Circe de generosas carnes morenas cuyo apetito, como ya sabes, resulta más grande que los esfuerzos por inocular tu pasión de lleno en sus adentros fogosos e insaciados. Ahora tú, Íncubo en reposo recibes a la visitante con la oferta de una toalla húmeda; las carnes habrán de endurecerse en breve ante la locura invasora de cuerpos que se demandan e inflaman al contacto. Asegurarás la puerta y el recinto quedará aislado del  canto oscuro de lluvia. Luego de un breve saludo verbal, la mujer se aproximará y ceñirá el émbolo que alcanza turgencia maximal siendo frotado por manos expertas aunque frías. Luego de este preludio, la mujer dará tumbos en dirección al baño mientras caen sus ropas cargadas de lluvia a lo largo del pasillo. Siempre ambas manos apoyadas en la pared; desaparece tras la puerta. En ese lapso de minutos, la presión sanguínea disminuirá gradualmente reduciendo tu ímpetu de amante hambriento. Se te antojará dedicar una stanza a la deidad romana que ha ganado tu atención por esos días, la apertura del calendario en varias lenguas, janeiro, janvier, gennaio, januar, january, enero:

Jano Bifronte
De las puertas inicio y término donde
Bien espera el hombre
Al Portuno de la llave
Dador del paso clave
Al rumbo esperado
Jano que lees futuro y pasado
Dime, hallaré en pos del umbral
La calma sideral?

     Releerás y consignarás lápiz y libreta en el cajón del stand de TV antes de oír el aviso de la puerta y el clic del interruptor. De nuevo en la sala, una vez hubo abandonado la toalla en el pasillo, la mujer se aproxima a su bolso y extrae una pipa de cristal, algo enhollinada junto a un recipiente plástico no más grande que una batería de nueve voltios, y finalmente, con algo de trabajo, un encendedor metálico y dos fundas de látex. Por tu parte, para sazonar un poco más el encuentro, procurarás para ambos una botella de licor conteniendo tres cuartos de su capacidad y una copa sencilla coloreada en rojo.
-                 Aquí le traje papi.
-                 Qué tenés ahí.
-                 Yerba y unas bolitas de opio.
-                 Vacano, tomémonos esto y quememos algo deso pues.
-                 Hágale! Acomodémonos en su sillón.   Mientras usté sirve yo cargo la pipa.
-                 De una! Hace rato no fumo oís.
-                 Mejor! Esto le va caer biem… Si me ha pensado onó.
-                 Claro! cuando hay tiempo.
-                 Tan malo no!
-                 Jajaja!
-                 Por qué será que nos llevamos tan biem.
-                 No sé oís, pero vacano.
-                 Sionó!
-                 A lo biem!
-                 Venga pues se sienta y le sirvo un traguito.
-                 A mí démelo doble, o triple! Venga me acomodo pues. Siéntese usté primero y yo me le         siento.
-                 Hágale! Tenga pues, no lo vaya botar. Esta es una buena solución pa' este frío tan malparido.
-                 Sionó! Jajaja! Venga fume pues, yo le tengo la candela.
-                 Pere me tomo uno tambiem.
-                 Déle pues!

     Permanecerás suspendido en el punto donde dormitan y se avivan los instrumentos amatorios que vierten a un tiempo, uno en el otro, efluvios pasionales; el intercambio de jugos extáticos maximizado por el alcohol y los humos aspirados hondamente: Viajar in situ por rumbos ficcionales hacia una rampa cósmica de visiones mientras rebullen los átomos de la carne. Ya has estado ahí, pero cada vez se da en forma totalmente nueva.
-                 Ma gustás flaco. Sos mi raya de tigre.
-                 Jajaja! Y vos mi bruja Circe.
-                 Cómo así que bruja!
-                 Es un cumplido, creéme.
-                 Bueno, más te vale!

     Los cuerpos acoplados no dan espera a la inevitable transferencia de calor y consecuente exudación copiosa. La copa seguirá viajando entre ambas bocas, y la pipa no dejará de ofrecer su flogisto sicodélico. La escena en progreso exhibe el vaivén de los cuerpos, la piel rechinante del sillón, las manos que escrutan la humedad de una espalda, la sal del cuello desplazada hacia los cálices del pecho, los  pezones tensos apresados en una boca aplicada con tenacidad mientras arranca gemidos y resoplidos de ojos entornados. La botella rodará desangrada sobre la mesa, la copa se precipitará y caerá rota para siempre. Ya no se percibe la lluvia, no estás ahí, la mente se ha vaciado por completo, sólo dando   lugar a los pulsos que sacuden la conciencia. El acto se prolonga fuera de una escala de tiempo comprensible. Al término de una ración póstuma de vino tinto se despedirá la visitante nocturna, renovada en la delectación carnal:
-                 Vea, me voy a vestir.
-                 Dale!
-                 Cuando quiera me visita, oyó. Ahora vivo en las Dunas de Java. Donde desemboca la Quinta.
-                 Listo. Todo biem.
-                 Uy, estoy reloca, flaco!
-                 A lo biem, quedé frito oís.
-                 Va fumar más?
-                 No gracias. Pero estuvo muy bueno.
-                 Me pide el taxi? Creo que ya paró la lluvia.

     Solo de nuevo, te hallas frente al espejo del baño para recibir una lectura instantánea: rostro macilento, mirada reducida a dos hendijas que apenas dan paso a la luz, una risa morfoseante, sudor lustroso, y olor envolvente a sexo. Das tumbos hasta la habitación en busca del pastillero bajo la almohada. De vuelta al baño, engullirás un par de comprimidos rosa y dejarás correr el agua por el lavamanos para beber lo que puedas con una mano ahuecada. Lavarás brevemente el cuerpo recalentado bajo la ducha antes de desplomarte en la cama, la cara hundida sobre la almohada espesa. El cuerpo permanecerá exánime en el lecho frío mientras se aproximan las primeras luces del día siguiente.
     Son las ocho de la mañana de un domingo que parece ofrecer poco. De pie frente al cristal nublado, deslizas la palma izquierda sobre la superficie húmeda que revela una mirada ajena a la luz matutina, la barbilla encañonada, una lámina de baba seca que parte de la comisura derecha, las legañas que se han alojado como sedimentos de coral en una cuenca de agua salada, los ojos circuidos de sangre, y la pátina oleosa que se forma durante el sueño. Piensas en Fuentes y en un Artemio Cruz ya marchito frente al espejo, ambos reflejos te resultan muy parecidos aunque estés menos viejo. Abandonas todo aquello, vuelves a la lluvia y la resaca de las píldoras que acompañan tu somnolencia, piensas: «es un redomado hijo de puta ». Con voz audible continuas: «Era el mismo cuya nariz terminó encallada en los pechos de aquella mujer tan alta». Recuerdas la hoja reluciente abandonada en el prado espeso. Ves tu cabello revuelto. Qué más da. Orinar, pararte bajo la ducha y esperar que golpee tu espalda aquel chorro de agua helada. Luego la cabeza y el resto del cuerpo. Efectuarás las últimas labores de higiene y remoción de vello facial antes de dejar la ducha frotando la toalla sobre tu tiritante humanidad. De pie en la habitación encenderás el reproductor para entregarte a una ejecución de Bach en el cello de Rostropovich mientras vistes algunos atavíos que aíslen el frío. Finalmente, devuelves los libros aquellos al estante que habían abandonado semanas atrás e ingresas el maletín con ropas al armario, no sin advertir la mancha sanguinolenta empastada en uno de los flancos. Mientras las bocinas del reproductor llenan el ámbito del habitáculo con la maestría del cellista, lees los remitentes en los sobres y dejas rodar la cinta de la contestadora. Pero hará falta café y cigarrillos, por lo menos, ya que has asolado el estante del licor. Alcanzas la billetera, te enfundas los zapatos y piensas en ese doctor y sus nuevas y luego en la negativa del agente bancario, y claro, en la expectativa de una visita a aquella mujer. No todo parece tan malo en fin de cuentas. Descartarás el uso del paraguas y dejarás la residencia a merced de la gesta Bachiana y su paladín de arco y cello. La puerta se cierra tras de ti. Previsivo, decides poner el cerrojo; la llave no alcanza la boca de la cerradura cuando la hoja aguda alcanza un costado, luego tal vez el riñón y alguna curva intestinal. La billetera escapa del bolsillo y el asaltante y su nariz restañada se transportan a la otra acera en ágiles pies que viajan velozmente sobre los charcos de la calle Mandalay. Te descargas, luego deslizas sobre la puerta trazándola de rojo que fluye y se expande en las tabletas de ladrillo desalineadas que componen la acera. Cabizbajo y resoplando alcanzarás a ver su espalda alejándose de aquella correría de sangre entre grietas que abren paso al musgo, a hojas de hierba y al agua chispeante de lluvia. Oyes los sonidos deformados de la pieza que discurre tras la puerta, y notas la ausencia de la mujer del newstand que expone borrosos encabezados y coloridas imágenes que se oscurecen ante los ojos. Sin ánimo te entregas a lo que ofrece el día, ante una romería creciente de voces y pasos envueltos en frío de lluvia.

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